Viaje al Viejo Mundo (2)
Llegar de Medellín a Grenoble fue una larga travesía.
Lunes 5 de septiembre. Planes del día: ir a motilarme. Encontrarme con mi familia. Ir al aeropuerto.
Inconvenientes: como siempre, unos minutos más de sueño hacen una hora más de retraso. El vuelo salía a las 2:30 pm del aeropuerto José María Córdova. Vuelo internacional significa mínimo 3 horas antes en el aeropuerto. Hora estimada de llegada: 11:30 am.
La mamá que le dio no sé qué el mismo día. La hermana que no ha salido de la casa. La tía que no llega y casi la deja el bus. Nada que no suceda en esos días en los que uno corre para todo lado.
Total, todo se dio a pesar de esos sustos que le dan a uno que lo deje el avión (aún con horas de anticipación).
El caso es que llegué tipo 11:40 am al aeropuerto. Filas: no había. Registro: inmediato. Peso de las maletas: empacadas con pesa: la de mano 10 kg exactos y la aforada 23 kg exactos. Resultó que podía traer otra maleta, pero más encarte hubiera sido en el tren a Grenoble.
Dio tiempo de salir a almorzar a Rionegro. Despedida en familia. Palabras que quedaron por decir. Tristezas que no se pudieron evitar. Mi mamá, mi hermana, mi abuela, mi tía al borde de las lágrimas. Yo que casi lloro. Nunca había dejado a mi familia por tanto tiempo, a pesar de no ser el más familiar de todos. Tampoco había viajado nunca tan lejos.
Pero todavía estuve en Colombia hasta la noche, porque el viaje era a Cali. De allí salía el segundo vuelo de mi itinerario. Llegué al aeropuerto. Calor. Hice todo el recorrido y fui a la larga fila del vuelo a Madrid. Me tocó devolverme por mi maleta, porque no se han inventado un sistema que evite que se caigan las etiquetas. Seguir la fila. Pasar los controles: maletines, pasaporte, por qué se va del país, por cuánto tiempo. Esquivar el duty free... ¡cuántas cosas me hubiera comprado! Pero las reservas monetarias no eran muchas. Aguantar las miradas despreciativas y malos comentarios de dos españoles que creían que Colombia tenía las mismas comodidades de España. Y lo que siempre nos hace pensar en esa fama que muchos han ayudado a crear: el control de los perros antinarcóticos. Solo sé que se me embolataron 7 horas de la vida (el décalage entre Colombia y gran parte de Europa) pero no me dio tan duro después de todo.
Lo que sí me dio duro, fue dejar a mi mamá y a mi hermana, justo cuando más lo necesitan. Pero no podía atrasar el viaje, esa decisión la hubiera lamentado durante mucho tiempo.
No sé a qué hora dejé de estar en Colombia, pero aún en las noches sueño con la gente que conozco y con todas las cosas que allá pasan.
Lunes 5 de septiembre. Planes del día: ir a motilarme. Encontrarme con mi familia. Ir al aeropuerto.
Inconvenientes: como siempre, unos minutos más de sueño hacen una hora más de retraso. El vuelo salía a las 2:30 pm del aeropuerto José María Córdova. Vuelo internacional significa mínimo 3 horas antes en el aeropuerto. Hora estimada de llegada: 11:30 am.
La mamá que le dio no sé qué el mismo día. La hermana que no ha salido de la casa. La tía que no llega y casi la deja el bus. Nada que no suceda en esos días en los que uno corre para todo lado.
Total, todo se dio a pesar de esos sustos que le dan a uno que lo deje el avión (aún con horas de anticipación).
El caso es que llegué tipo 11:40 am al aeropuerto. Filas: no había. Registro: inmediato. Peso de las maletas: empacadas con pesa: la de mano 10 kg exactos y la aforada 23 kg exactos. Resultó que podía traer otra maleta, pero más encarte hubiera sido en el tren a Grenoble.
Dio tiempo de salir a almorzar a Rionegro. Despedida en familia. Palabras que quedaron por decir. Tristezas que no se pudieron evitar. Mi mamá, mi hermana, mi abuela, mi tía al borde de las lágrimas. Yo que casi lloro. Nunca había dejado a mi familia por tanto tiempo, a pesar de no ser el más familiar de todos. Tampoco había viajado nunca tan lejos.
Pero todavía estuve en Colombia hasta la noche, porque el viaje era a Cali. De allí salía el segundo vuelo de mi itinerario. Llegué al aeropuerto. Calor. Hice todo el recorrido y fui a la larga fila del vuelo a Madrid. Me tocó devolverme por mi maleta, porque no se han inventado un sistema que evite que se caigan las etiquetas. Seguir la fila. Pasar los controles: maletines, pasaporte, por qué se va del país, por cuánto tiempo. Esquivar el duty free... ¡cuántas cosas me hubiera comprado! Pero las reservas monetarias no eran muchas. Aguantar las miradas despreciativas y malos comentarios de dos españoles que creían que Colombia tenía las mismas comodidades de España. Y lo que siempre nos hace pensar en esa fama que muchos han ayudado a crear: el control de los perros antinarcóticos. Solo sé que se me embolataron 7 horas de la vida (el décalage entre Colombia y gran parte de Europa) pero no me dio tan duro después de todo.
Lo que sí me dio duro, fue dejar a mi mamá y a mi hermana, justo cuando más lo necesitan. Pero no podía atrasar el viaje, esa decisión la hubiera lamentado durante mucho tiempo.
No sé a qué hora dejé de estar en Colombia, pero aún en las noches sueño con la gente que conozco y con todas las cosas que allá pasan.
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