Un cuento viejo.

Un texto viejito, que escribí para una clase cuando estaba en la UdeA, de una de las materias que no era de mi carrera que más llegaron a interesarme (paradojas de la UdeA que no quiero recordar)

El texto está tal cual, sin cambios. No quise pulir lo malo que haya podido escribir. Tiene toda la rabia del momento. Los nombres aquí incluidos, así como los hechos, sobra decir, no tienen que ser completamente ciertos ni completamente ficcionales.



RUIDO DE DESECHOS

Cayó al suelo y no hizo ningún tipo de ruido. La ciudad no permitía que ninguno de los cientos de miles de pequeños ruidos que llegaban a su suelo se escuchara.

Se tenía conocimiento del ruido de estos desechos porque siempre se los llevaban por delante, pero no hacían nada para que fueran retirados de allí. Todos se excusaban en los “escobitas”, aquellas personas que trabajaban arduamente recogiendo lo que los otros tiraban sin compasión: “es para darles trabajo”, así se lavaban todos las manos.

Aurelio llegó a este oficio por puros malos juegos del destino (si tal cosa existe). Tenía formación universitaria, había sido el mejor de su clase de literatura. Le gustaba ir a la biblioteca de vez en cuando, devorar un libro. Si el tal ejemplar le gustaba, ahorraba y lo compraba con el dinero que su papá le daba con todo el pesar del mundo: era un hombre sin mucho dinero, pero siempre aparentaba tener mucho menos de lo que tenía ante sus hijos, y más ante Aurelio. El joven trabajaba a veces en bares de la zona rosa, aquella que siempre se ve bien, por lo que pensó que su trabajo iba a ser fácil cuando le dijeron que lo aceptaban en el puesto al que pudo aspirar por cometer una simple falta.

Uno de los libros que había querido leer, desde aquel día en que se metió en una relación y la desbarató sin quererlo, era ese de un autor al que acusaban de ser comunista esnob. Se despertó más temprano que los otros dos, cogió lo primero que se le cruzó en el camino, además de dos cuerpos lascivos con señas de las luchas de la madrugada. Estaba ahí porque Freddy era amigo de un teatrero, quien lo leía para montar su obra. Detalles más o menos interesantes estos, pues lo que interesa ahora es que Aurelio empezó a leer: “Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja...” fue un buen descubrimiento. Pasó horas leyendo las desgracias humanas sin el sentido de la vista, como dice su abuela. Después de mucho rato dejó de leer: la madrugada había estado cargada de chispazos eléctricos que lo dejaban ahora exhausto. No fue sino un año más tarde que recordó que debía comprar el libro. Fue hasta donde ya lo conocían –allí se mantenía viendo lo que quería comprar y no podía - lo encontró en barata (la edición de un diario extranjero que nunca leería) por lo que se fue contento a casa con su libro.

Siguió viendo cómo caían los desechos sordos, pues la avenida que cruzaba bajo aquel viaducto era tan ruidosa como un campo de pruebas automovilísticas. Pensó con nostalgia en los personajes que había encontrado en aquella novela. Era paradójico que los otros, los que arrojaban estos desechos, no los vieran; pero no porque se hubieran infectado de aquella ceguera blanca, la cual era menos caótica que esta: la mental. Vio los perros callejeros y no pudo más que sobresaltarse al imaginar las calles de aquella ciudad sin nombre llena de basura y perros rabiosos.

Cuando empezó a leer, no pudo parar hasta conocer cómo se las habían arreglado aquellos pobres enfermos. Casi llora con escenas que no recordaría más. Después recordaría a sus personajes como no hubiera creído. Hizo las recomendaciones del caso (a los pocos amigos interesados en leer) y trató de convencer a algunos de leerlo, sin éxito.

Ahora recordaba muchos de esos personajes y los veía por doquier: veía a muchachas de gafas entrar y salir de carros más o menos modestos, con ropas más o menos caras, todo dependía del día, porque siempre cambiaba de zona. También veía a muchachos con extraños tics en su actuar, buscando siempre a un espía que no podían descifrar, mirándose sospechosamente en los espejos de los carros que encontraban a su paso. Niños en las calles buscando sus madres. Todo le era familiar, más de lo que creía. No podía dejar de plantearse cuestiones filosóficas cuando recordaba lo que había leído y lo que veía. No sabía si la ceguera era una metáfora del mundo, o el mundo era una metáfora de la ceguera, no sabía si era más ciego quien no podía recoger la basura porque no podía ver o el que la tiraba porque no le importaba cómo se vería la ciudad. Todas estas disquisiciones lo atormentaban noche tras noche, pero eran intrascendentes porque nadie le prestaba atención a lo que decía, pensaban que simplemente estaba jodiendo, entonces entraba en el territorio de las negaciones impuestas, olvidando todo aquello que predicaba.

Mientras leía las vicisitudes de los ciegos del libro, Aurelio se sintió viendo su propia ciudad. No podía saber si lo que había escrito Saramago era reflejo de la realidad o si la realidad era reflejo de lo que había escrito Saramago. Todo era confuso. Después de horas dedicadas a leer arrancadas a su cansancio nocturno, Aurelio se sintió vacío. No sabía cómo cambiar esa fea costumbre heredada de la colonia de echarles a los demás las responsabilidades propias. No pudo pensar en nada, por lo que decidió dejar que el volumen de la suciedad obstaculizara el paso de los ciegos videntes, se abandonó al alegato interno contra el señor que iba por la calle con su hijo enseñándole la ciudad, diciéndole que era la más bonita de la tierra, pero tirando la envoltura de ese dulce al suelo: "los escobitas se encargarán, qué pesar dejarlos sin trabajo".

Un día no alegó más, decidió dejarse llevar por su trabajo. Se levantó de la cama en la que había dado miles de vueltas cuando leía y pensaba, se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, a la calle cubierta de basura, a las personas que caminaban y producían ruidos sordos con su basura. Luego alzó la cabeza al cielo y lo vio todo blanco. No se engañó. No pensó igual que la mujer del médico. No se le ocurrió que quedaría ciego: seguiría viendo la misma basura en la que vivían sus conciudadanos, y sabía que no iban a cambiar para "darle trabajo". La indiferencia le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí.

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