viernes 7 de octubre de 2011

Viaje al Viejo Mundo (2)

Llegar de Medellín a Grenoble fue una larga travesía.

Lunes 5 de septiembre. Planes del día: ir a motilarme. Encontrarme con mi familia. Ir al aeropuerto.

Inconvenientes: como siempre, unos minutos más de sueño hacen una hora más de retraso. El vuelo salía a las 2:30 pm del aeropuerto José María Córdova. Vuelo internacional significa mínimo 3 horas antes en el aeropuerto. Hora estimada de llegada: 11:30 am.

La mamá que le dio no sé qué el mismo día. La hermana que no ha salido de la casa. La tía que no llega y casi la deja el bus. Nada que no suceda en esos días en los que uno corre para todo lado.

Total, todo se dio a pesar de esos sustos que le dan a uno que lo deje el avión (aún con horas de anticipación).

El caso es que llegué tipo 11:40 am al aeropuerto. Filas: no había. Registro: inmediato. Peso de las maletas: empacadas con pesa: la de mano 10 kg exactos y la aforada 23 kg exactos. Resultó que podía traer otra maleta, pero más encarte hubiera sido en el tren a Grenoble.

Dio tiempo de salir a almorzar a Rionegro. Despedida en familia. Palabras que quedaron por decir. Tristezas que no se pudieron evitar. Mi mamá, mi hermana, mi abuela, mi tía al borde de las lágrimas. Yo que casi lloro. Nunca había dejado a mi familia por tanto tiempo, a pesar de no ser el más familiar de todos. Tampoco había viajado nunca tan lejos.

Pero todavía estuve en Colombia hasta la noche, porque el viaje era a Cali. De allí salía el segundo vuelo de mi itinerario. Llegué al aeropuerto. Calor. Hice todo el recorrido y fui a la larga fila del vuelo a Madrid. Me tocó devolverme por mi maleta, porque no se han inventado un sistema que evite que se caigan las etiquetas. Seguir la fila. Pasar los controles: maletines, pasaporte, por qué se va del país, por cuánto tiempo. Esquivar el duty free... ¡cuántas cosas me hubiera comprado! Pero las reservas monetarias no eran muchas. Aguantar las miradas despreciativas y malos comentarios de dos españoles que creían que Colombia tenía las mismas comodidades de España. Y lo que siempre nos hace pensar en esa fama que muchos han ayudado a crear: el control de los perros antinarcóticos. Solo sé que se me embolataron 7 horas de la vida (el décalage entre Colombia y gran parte de Europa) pero no me dio tan duro después de todo.

Lo que sí me dio duro, fue dejar a mi mamá y a mi hermana, justo cuando más lo necesitan. Pero no podía atrasar el viaje, esa decisión la hubiera lamentado durante mucho tiempo.

No sé a qué hora dejé de estar en Colombia, pero aún en las noches sueño con la gente que conozco y con todas las cosas que allá pasan.

domingo 25 de septiembre de 2011

Viaje al Viejo Mundo

Después de tantos años de enseñar francés, por fin estoy en Francia.

Todo comenzó hace algo más de un año, cuando por diversas razones decidí que quería salir del país. Desde entonces, fui a CampusFrance, aprovechando que tenían oficina en mi trabajo. Fue algo así como un año de molestar a Marcel, el encargado, con mil y una preguntas.

La preparación fue bastante radical:

  • Decirle adios a mi vida sentimental.
  • Ahorrar como nunca lo he hecho.
  • Empezar a preparar a mi mama, una persona bastante apegada a sus hijos, fue duro.
  • Hacer los mil y un papeles que exigían la universidad y la embajada.
  • Dejar a la gente que, ademas de mi familia, quiero.
  • Dejar esos muros verdes de mi ciudad.


Al principio, estaba demasiado escéptico acerca de la aceptación a la universidad. Fue mas fácil de lo que creía.
Luego, estaba el préstamo para el viaje. Mi mejor amigo lo facilitó todo.
Después estaba el tema de la visa. Casi sin preguntas me la dieron.

Y acá estoy, en el Viejo Mundo. En una ciudad que es muy parecida a la mía... bueno, en algunos aspectos.

Comenzar la travesía me parecía imposible, pero no es así. Después de recibir la visa, fueron largos los días para salir de mi país. Veía la fecha demasiado lejos. Todavía me parecía increíble. Había visto partir a tantos de mis estudiantes, que pensaba que mi día nunca llegaría. Veía a Francia como algo tan abstracto, que no era posible tocarla.. pero uno se engaña y el tiempo se viene encima. Llegó el día del viaje y me quedaron cosas por terminar.

Cuando el avión entró a territorio continental en Portugal

miércoles 6 de julio de 2011

Estrenando casa, esperando cambio de vida

Ya casi, solo falta un paso.

La visa, solo me falta la visa. Espero partir pronto para Francia.

Mientras tanto, cambié de casa. Tengo una compañera de apartamento que está loca, es genial.

De mi anterior apartamento, digamos que por fin me libré de alguien indeseable, lastimosamente a costa de alguien a quien aprecio mucho: mi primo.

Y bueno, solo queda esperar a que me den la cita en la embajada y que me den la visa.

jueves 24 de febrero de 2011

Un cuento viejo.

Un texto viejito, que escribí para una clase cuando estaba en la UdeA, de una de las materias que no era de mi carrera que más llegaron a interesarme (paradojas de la UdeA que no quiero recordar)

El texto está tal cual, sin cambios. No quise pulir lo malo que haya podido escribir. Tiene toda la rabia del momento. Los nombres aquí incluidos, así como los hechos, sobra decir, no tienen que ser completamente ciertos ni completamente ficcionales.



RUIDO DE DESECHOS

Cayó al suelo y no hizo ningún tipo de ruido. La ciudad no permitía que ninguno de los cientos de miles de pequeños ruidos que llegaban a su suelo se escuchara.

Se tenía conocimiento del ruido de estos desechos porque siempre se los llevaban por delante, pero no hacían nada para que fueran retirados de allí. Todos se excusaban en los “escobitas”, aquellas personas que trabajaban arduamente recogiendo lo que los otros tiraban sin compasión: “es para darles trabajo”, así se lavaban todos las manos.

Aurelio llegó a este oficio por puros malos juegos del destino (si tal cosa existe). Tenía formación universitaria, había sido el mejor de su clase de literatura. Le gustaba ir a la biblioteca de vez en cuando, devorar un libro. Si el tal ejemplar le gustaba, ahorraba y lo compraba con el dinero que su papá le daba con todo el pesar del mundo: era un hombre sin mucho dinero, pero siempre aparentaba tener mucho menos de lo que tenía ante sus hijos, y más ante Aurelio. El joven trabajaba a veces en bares de la zona rosa, aquella que siempre se ve bien, por lo que pensó que su trabajo iba a ser fácil cuando le dijeron que lo aceptaban en el puesto al que pudo aspirar por cometer una simple falta.

Uno de los libros que había querido leer, desde aquel día en que se metió en una relación y la desbarató sin quererlo, era ese de un autor al que acusaban de ser comunista esnob. Se despertó más temprano que los otros dos, cogió lo primero que se le cruzó en el camino, además de dos cuerpos lascivos con señas de las luchas de la madrugada. Estaba ahí porque Freddy era amigo de un teatrero, quien lo leía para montar su obra. Detalles más o menos interesantes estos, pues lo que interesa ahora es que Aurelio empezó a leer: “Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja...” fue un buen descubrimiento. Pasó horas leyendo las desgracias humanas sin el sentido de la vista, como dice su abuela. Después de mucho rato dejó de leer: la madrugada había estado cargada de chispazos eléctricos que lo dejaban ahora exhausto. No fue sino un año más tarde que recordó que debía comprar el libro. Fue hasta donde ya lo conocían –allí se mantenía viendo lo que quería comprar y no podía - lo encontró en barata (la edición de un diario extranjero que nunca leería) por lo que se fue contento a casa con su libro.

Siguió viendo cómo caían los desechos sordos, pues la avenida que cruzaba bajo aquel viaducto era tan ruidosa como un campo de pruebas automovilísticas. Pensó con nostalgia en los personajes que había encontrado en aquella novela. Era paradójico que los otros, los que arrojaban estos desechos, no los vieran; pero no porque se hubieran infectado de aquella ceguera blanca, la cual era menos caótica que esta: la mental. Vio los perros callejeros y no pudo más que sobresaltarse al imaginar las calles de aquella ciudad sin nombre llena de basura y perros rabiosos.

Cuando empezó a leer, no pudo parar hasta conocer cómo se las habían arreglado aquellos pobres enfermos. Casi llora con escenas que no recordaría más. Después recordaría a sus personajes como no hubiera creído. Hizo las recomendaciones del caso (a los pocos amigos interesados en leer) y trató de convencer a algunos de leerlo, sin éxito.

Ahora recordaba muchos de esos personajes y los veía por doquier: veía a muchachas de gafas entrar y salir de carros más o menos modestos, con ropas más o menos caras, todo dependía del día, porque siempre cambiaba de zona. También veía a muchachos con extraños tics en su actuar, buscando siempre a un espía que no podían descifrar, mirándose sospechosamente en los espejos de los carros que encontraban a su paso. Niños en las calles buscando sus madres. Todo le era familiar, más de lo que creía. No podía dejar de plantearse cuestiones filosóficas cuando recordaba lo que había leído y lo que veía. No sabía si la ceguera era una metáfora del mundo, o el mundo era una metáfora de la ceguera, no sabía si era más ciego quien no podía recoger la basura porque no podía ver o el que la tiraba porque no le importaba cómo se vería la ciudad. Todas estas disquisiciones lo atormentaban noche tras noche, pero eran intrascendentes porque nadie le prestaba atención a lo que decía, pensaban que simplemente estaba jodiendo, entonces entraba en el territorio de las negaciones impuestas, olvidando todo aquello que predicaba.

Mientras leía las vicisitudes de los ciegos del libro, Aurelio se sintió viendo su propia ciudad. No podía saber si lo que había escrito Saramago era reflejo de la realidad o si la realidad era reflejo de lo que había escrito Saramago. Todo era confuso. Después de horas dedicadas a leer arrancadas a su cansancio nocturno, Aurelio se sintió vacío. No sabía cómo cambiar esa fea costumbre heredada de la colonia de echarles a los demás las responsabilidades propias. No pudo pensar en nada, por lo que decidió dejar que el volumen de la suciedad obstaculizara el paso de los ciegos videntes, se abandonó al alegato interno contra el señor que iba por la calle con su hijo enseñándole la ciudad, diciéndole que era la más bonita de la tierra, pero tirando la envoltura de ese dulce al suelo: "los escobitas se encargarán, qué pesar dejarlos sin trabajo".

Un día no alegó más, decidió dejarse llevar por su trabajo. Se levantó de la cama en la que había dado miles de vueltas cuando leía y pensaba, se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, a la calle cubierta de basura, a las personas que caminaban y producían ruidos sordos con su basura. Luego alzó la cabeza al cielo y lo vio todo blanco. No se engañó. No pensó igual que la mujer del médico. No se le ocurrió que quedaría ciego: seguiría viendo la misma basura en la que vivían sus conciudadanos, y sabía que no iban a cambiar para "darle trabajo". La indiferencia le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí.

domingo 19 de septiembre de 2010

Sin importancia

Si vas y vienes,
Si piensas a quién tienes
En tu lista de contactos,
En mí no piensas.

Si la vida te sonríe,
Si las cosas marchan,
En mí no piensas.

Y no es tu culpa.
No soy nadie de importancia.
Solo soy un molesto zumbido
Que un día se cruzó en tu camino.

Algún día, cuando ya no esté contigo,
No recordarás mi presencia
Porque fui una persona sin importancia alguna.

Y sí, así me siento en estos días. Sé que para algunas personas soy importante. Para ellas todo mi reconocimiento. Para las demás, las personas que quiero impactar de forma positiva y que no me tienen en cuenta, gracias por ser corteses cuando me he cruzado por ahí. No me pongan cuidado... verdad que no lo hacen, ja...

Nota: sí, es malo el texto. No tienen que decirlo.

sábado 24 de abril de 2010

Une entrée plutôt d'entaînement

Oui, j'ai lu son message. Il a ses idées. Toi, je suis certain, tu ne les partages pas.

Je suis triste pour toi. Tu ne sais pas l'amour que j'ai abrité. Cela est parti. Maintenant je me préoccupe, mais je ne peux rien faire, je ne suis pas la personne apropriée. Je voudrais te tendre la main. Je voudrais te donner mon épaule pour que tu t'appuies mais, comme nous bien le connaissons, on n'est pas encore (ou plus, qui sait ?) pour cela.

Mon sentiment le plus sincère (et ce n'est pas une formule d'appel d'une lettre française)

David MONTES.

domingo 4 de abril de 2010

Vivement dimanche !

Fin de vacaciones. Fin de semana santa. Fin de vagancia.

Hoy es el día en que termina la aburrida semana santa (así, sin mayúsculas) pero estoy aburrido porque empieza de nuevo el trajín de siempre. No es que no me guste mi trabajo, es más bien que estaba cómodo con los días de descanso.

Esta semana pasaron varias cosas interesantes: salí con nuevas personas, descansé, tuve tiempo de pensar.

No tuve sexo, como se pensaría que alguien que quiere ir en contra de la regla.

No me fui de paseo, como hacen fieles e infieles por estas épocas.

Descansé, ejercí el pecado capital de la pereza.

Así se pasó mi semana non-sancta.